A las puertas del cielo, mi niño, anoche te esperaba Víctor Barrio para que celebrases con él su aniversario de alternativa. A pesar de la tristeza, te recibió como se recibe a los toreros, entre gritos de “torero, torero”, y con los brazos abiertos. Ahí le tienes al lado para enseñarte el camino y el lugar en el que a partir de ahora deberás, con él, velar por todos nosotros. Ahora que te has ido, has dejado al mundo del toro, y al mundo en general, herido tras la batalla. El ejército taurino no será el mismo, pero aunque hayan regresado con un soldado menos, todos se han unido ante el dolor y han analizado y asimilado el legado que les dejaste. A pesar de no poder asimilar tu pérdida. Esta tarde te homenajearán en la plaza más importante del mundo con un minuto de silencio en tu memoria.

Muchos de ellos –entre los que me incluyo personalmente, incluso horas antes de recibir la triste noticia– soñaban y rezaban cada día por verte abrir esa puerta grande, por ver que te habías librado del peor toro que la vida puede poner a alguien delante, antes incluso de haberte formado y crecido como matador de toros, el sueño de tu vida.

Sólo consuela pensar que hace unos meses cumpliste tu sueño. Rafaelillo, Ponce, Román, y muchos más, quisieron estar contigo en su día, y tú, con ellos.  Qué historia más bonita ¿Verdad?

Saliste a hombros sobre tus ídolos en tu plaza, con tu gente y abriste la puerta grande de Valencia como un auténtico triunfador. Porque lo eres y lo has sido en todo momento. Porque además de hacerte feliz ese día, el mundo del toro quiso ayudar a la Fundación Oncohematológica infantil, a la cual ningún niño nunca debería pertenecer. Eres un triunfador, un ángel de la guarda, un auténtico héroe.

¿Sabes? Aquel día nos diste con una prematura edad, con 8 años nada más y nada menos, una lección de superación ante las adversidades de la vida. Nos demostraste ser capaz de pintar una sonrisa en la cara con un toro muy difícil de lidiar. ¡Qué inyección de moral! Nos has enseñado a ver la vida de otra manera, a sacar una sonrisa aún cuando todo se pone demasiado oscuro.

Dicen, que dejan huella los valientes. Y nos dices hasta luego, y en silencio te vas… Pero nos dejas esa huella de valiente y luchador. ¿Te cuento un secreto? Pero bajito, al oído… Personas así, como tú, nos dan aliento para seguir a delante cuando los problemas nos superan, o están a punto de superarnos. Has sido y eres un espejo para fijarnos. Y yo ante un problema o adversidad de la vida, creo no tener esa capacidad. Pero pienso en ti, y me digo – ¡yo también puedo con todo lo que venga!– Eres especial, y creo y afirmo que cuando la vida nos ponga en un apuro, pensar en esa humilde sonrisa que nos dejas como legado, nos ayudará a pensar: «¡Yo también puedo!»

¿Te confieso el mayor de mis temores? No entender la vida, –y lo afirmo– y no ser capaz de digerir los problemas. También te confieso no ser capaz de sonreír cuando el problema lo tengo sobre mis espaldas. Y por confesar más confesiones, te reconozco no ser capaz de tener la valentía tuya. Innata por naturaleza. Nos has demostrado que todo el daño que han querido hacerte esos seres despreciables, no lo han conseguido porque tu sonrisa y tu legado valen más que todos ellos. De todo corazón,

¡Gracias Adrián!

Descansa en paz pequeño gran torero. Estarás siempre en nuestro corazón.

Paloma Moreno y Diego Cervera