La Picaria es la expresión lúdica de un tiempo de faena indisociable de todo y cualquier tiempo: relieve de códigos de honor y de valores asociados a la exhibición y reproducción de la masculinidad. Es el peligro que confiere calidad a un entendimiento muy propio de «hombre». Seguramente, ser conocido como un valiente y temerario es una de las consideraciones que envuelve al ser en su plenitud. La tradición todavía proporciona situaciones límite y excitación socializante.

Los campinos se inscriben y resiste mucho más allá del tiempo de trabajo, radicando en exclusivo en una filosofía de vida que sólo los valientes pueden interpretar, ya sea a solas o en grupo, infundiendo un espíritu de solidaridad entre los campinos o entre éstos y los animales Indispensables para la conducción de los toros: caballos y cabrestos. Los animales domesticados no son únicamente instrumentos, sino también fuentes de confianza y de confort.

No basta el coraje, un buen caballo y años de experiencia. La vida es íntima de la muerte y siempre que la actividad humana sobrepasa los límites de la previsibilidad y puede ser interrumpido el normal buen orden de las cosas la sociedad implora la protección de una entidad superior. Entramos en el orden del sagrado y de la intervención divina como garantía de la reposición del orden frente a una amenaza entendida como caótica, como desorden: el toro. Los rituales exorcizan el peligro y disipan la angustia.

El conjunto acelera la complejidad, eleva la incertidumbre al mismo tiempo que ajusta la solidaridad. No es la potencia sino la fragilidad que embriaga a los caballeros. Armados de pampillo se juegan en una correría vertiginosa con caballos y cabrestos impulsando y volviendo a la tensión de las unidades: la interdependencia asusta. La belleza es de la orden del sentir, de los corazones que cabalan la parada de cabrestantes.
La conducción del cabestro es la representación de una de las faenas más peligrosas de las lezíria: apartación y conducción de los toros.

La picaría es un ejercicio de dominio del toro, regido bajo el signo de la serenidad que sólo los más hábiles y las mejores montadas permiten. El mérito de la vara procede del «temple», de la dilación de la reunión entre el caballero y toro, aguantando al hombre el toro en la punta del pampillo y en la grupa de su montada.
La demora del temple es la representación manifiesta del dominio de sí y del mundo, evocada en un conjunto armonioso de velocidad, de polvo, de voluntades disonantes y riesgos: se trata de «mando», de imponerse sobre la resistencia del toro. El temple es una metáfora de la domesticación del mundo, es la propia alma.

Fotos: Paulo Vale