Hnos. Sánchez Sánchez
Foto de María Halcón Ruíz de Alda.

En una campaña de linchamiento contra un humorista sevillano, varios anti toros confundía en las redes sociales al guepardo (ancinonyx jubatus) con el leopardo (panthera pardus), no solo distintas especies, sino además ni siquiera del mismo género (género pantera el leopardo, como el tigre, el león, el puma o el jaguar; único en el género ancinonyx, el guepardo). Separa a ambos géneros sobre todo que el segundo no posee garras retráctiles como las panteras así como una diferente dentición. Por el fenotipo, el guepardo, además de más ligero que el leopardo y tiene dos rayas negras en la cara y sus manchas son puntos, mientras a pantera pardus carece de esas rayas faciales y sus manchas son círculos; valga todo ello para ambos sexos.

 Y no me extraña que esos «animalistas» desconozcan la clasificación taxonómica así como el fenotipo de las especies, porque también lo hacen con el aspecto ecológico. Sí, porque las corridas son las que aseguran la supervivencia, no solo del toro bravo, extinguido donde no las hay, sino de muchas especies silvestres que, o bien tienen su hábitat en las dehesas, o bien las necesitan como áreas de descanso para sus largos viajes. De hecho, las dehesas son tierras protegidas por la red Natura 2000 como lugares clave para defender la biodiversidad (hábitat 6390).

 Águilas como imperial, culebrera y calzada, gato montés, marta o lince, son algunos de sus propietarios; sus huéspedes, todas las aves migratorias. Especialmente de las superficies dedicadas a criar toros de lidia.

¿Y por qué? En primer lugar, porque para el ganado se precisa de bebederos naturales o creados y, si es bravo, además no hay perturbaciones por humanos, con lo que los animales salvajes se sienten, y están, más seguros. Recuérdese el cartel que advertía: «Usted cree que puede cruzar este cercado en veinte minutos, mis toros lo hacen en ocho».

Otro sí: al criar ganado de lidia las fincas tienen mejor calidad vegetal a causa de dos cuestiones: Una, ya que por cada hectárea de ganadería extensiva se meten muchas menos cabezas de bravo que de manso; no se quiere gordos, se quiere atletas. Necesitan espacio para correr, sumado a que, por su agresividad, no conviene mucha aglomeración. Otra que, unida la razón anterior a su inferior altura, el bravo cuando ramonea causa menos perjuicios a los árboles jóvenes, manteniendo un mejor índice de reposición forestal. Esto a su vez se traduce en más agua por la retención de las copas, mejores nutrientes debido el humus generado por sus hojas caídas, y menos erosión, gracias a su cobertura y raíces.

 Encima, cuando los ejemplares arbóreos son jóvenes, ya anida en ellos el alcaudón. Cuando mayores, el pájaro carpintero y muchas otras especies.

Durante algunos siglos hubo una regresión de encinares y alcornocales, aumentando la desertización. Sin embargo, el notable incremento de los festejos taurinos entre los siglos XIX y XXI llevó consigo una regeneración de ese ecosistema tan rico y tan nuestro.

Como decía un catedrático cuando yo, por el cariño que siempre he tenido a los animales, cursaba en la Facultad de Veterinaria: «A las corridas de toros debieran dar las gracias hasta los ornitólogos rusos». La mayoría de los conocedores del campo y la ecología, ya lo hacen. Los que sueltan visones americanos amenazando el hábitat de nuestro visón europeo en peligro de extinción, no.

Jesús Javier Corpas Mauleón