Zurda al natural, zurda con el percal como en un natural y zurda para recrearse en uno de pecho sentido y hondo como si de un natural al envés se tratara, es lo que hoy atesora el occitano Sebastián Castella en su mano izquierda. Una  auténtica «zurda de oro».

Curiosamente se lo comento, de cómo ha crecido su expresión con esa mano, con capote y muleta, no es zurdo, me dice, y también que son muchas horas de trabajo y entrenamiento y las ganas de ir buscando y descubriendo nuevas cosas, nuevas sensaciones en su toreo, y que sí, que se siente más cómodo con esa mano. Amén. Sí que lo ha conseguido.

Algo percibí­ la temporada pasada, lo vi en Chota y en Acho, y en estos dos días de tienta en Chilca y Quilmaná lo he confirmado. Y hasta lo comenté con Viotti, su subalterno de confianza, la dimensión que ha alcanzado su toreo con la izquierda.

Castella ha encontrado, para mi, cadencia, ritmo y compas al natural, tanto como la sutileza y la suavidad que empieza en el corazón (por aquello de sentir) y pasa por la yema de los dedos (la extensión del sentimiento) que son las que sujetan el toreo, sujetan el temple que imanta la bravura, noble y enclasada, ese que conjura para bien la casta, y que invita a la embestida por abajo, con cada resquicio de tela, hasta donde la boyantia del animal o la capacidad del torero se conjunten para brindarnos el toreo eterno, suave, lento, acompasado, de sentimiento y hondura.

Y es que cuando algo así me impacta el sentir del alma tengo que contarlo, y su «zurda de oro※ me sugiere mucho . Y sobretodo el pase de pecho, forzado que se dice cuando es con la zocata.

Me sugiere una esculturalidad pétrea pero también etérea por su forma y a la vez sentimiento por su fondo, por cómo trasciende cuando apoya en la suerte -cargada –  el alma en cada segundo de eternidad que emplea al torearlo, no sólo pasarlo, de pitón a rabo, vaciando la enbestida por abajo, con resumada torerí­a, sin levantar la tela sino más bien, arrebujándose y componiendo una escultura con ella y con la entrega del bravo. Ese de pecho castellesco, con esa zurda de oro occitana, nos transporta a la erguida estampa del castillo emblema de su naturalidad de biterrois y de torero.

En su momento nos los dejó contado el maestro Rafael Ortega que  «si se describe un semicí­rculo, mejor porque se lleva más tiempo toreado al toro»€. Toreado,  que no es lo mismo que pasarlo. Y Castella ejecuta el zurdo de pecho prácticamente como  un redondo, sin descargar jamás la suerte, como también sentencia Ortega. Me explico, asienta el peso de su cuerpo, su intención y sus sentimientos en la pierna de salida, dejando la otra detras para permitir el giro en el sitio, lo que permite crear y recrearse en ese pase.

También afirma Ortega que «al iniciar el pase con la mano baja, para que el toro venga humillado, hay que echarle el pecho adelante al toro y luego, cuando le vas marcando el viaje, el animal debe pasar casi rozándotelo; en la salida, el codo del torero tiene que deslizarse por encima del lomo del toro hasta que éste pasa tan largo cual es de cabeza a rabo».

Esto es lo que ha recreado Castella pero con una luminosidad propia de su esencia mediterránea, clara, diáfana, tanto, que nos deja ver la luz del toreo eterno en la milésima fracción de segundos que eterniza en un pase, despojándolo de vulgaridad y superficialidad hasta construirlo como una escultura.  Y hasta un desarme con arte…

Texto y Fotos Magaly Zapata