Día grande para la fiesta de los toros. Volvía Paco Ureña tras el grave percance sufrido en Albacete el pasado mes de septiembre, en el que perdió la visión de su ojo izquierdo. Y volvía para engrandecer más si cabe, la figura de aquellos privilegiados que se enfundan el traje de luces. Y así se lo reconoció con una atronadora ovación el público de Valencia, que abarrotaba los tendidos para ser testigos de dicha hazaña.

De tal cartel, se cayó José María Manzanares por una lesión en su espalda, y finalmente quedó en un mano a mano entre el propio Ureña y el catedrático del toreo, Enrique Ponce.

El de Chiva recibió con cadenciosas verónicas al primer toro de la tarde, del hierro de Juan Pedro Domecq, que realizó una buena pelea en el caballo. No quiso desaprovechar Ureña la oportunidad de presentarse ante el público de Valencia, demostrando que no quería ningún regalo a su vuelta. Con el capote en la espalda se pasó los pitones por los muslos, en unas ceñidísimas gaoneras. En un gran gesto de torero, brindó su primer toro el valenciano a su compañero de cartel. Fue metiendo en el aro a un toro con nobleza, pero que se quedaba cortito. Más soso aún fue por el pitón izquierdo, por donde no quiso ni uno. Poco más pudo hacer Ponce. Estocada que cayó tendida a la segunda intentona, y silencio para pasar posteriormente a la enfermería a curarse un corte en el rostro al entrar a matar. Galopando con alegría salió el tercero de la tarde, negro de capa y de bonitas hechuras. Con la figura erguida y acompañándolo con la cintura, lo llevó Ponce a media altura. Le dio sus tiempos, lo toreó sin muleta, y exprimió lo poco que llevaba dentro el ‘juanpedro’. Estocada caída, y primera oreja de la tarde. Serio fue el último del lote de Enrique Ponce, al que siguiendo la tónica general de toda la feria, se picó mal. El inicio de faena fue una explosión, con toreo por abajo y en redondo. El toro transmitía, y el público se ponía en pie al mismo tiempo que sonaban las primeras notas de la banda de música. Continuó con la diestra Ponce. Este era también el pitón del toro. Entendió las embestidas del astado, y supo darle lo que pedía, dejándole la muleta puesta en la cara para tirar de él con ritmo. Remató con unas poncinas con el público muy metido en la faena, pero perdió la puerta grande con la espada. Se atascó el de Chiva con los aceros, y marró su salida a hombros de Valencia en la primera de sus dos tardes.

Con las fuerzas escasas salió el segundo de la tarde, un colorado al que de midió mucho en varas. Brindó Paco Ureña el toro de su reaparición al público valenciano. Comenzó la faena con unos estatutarios en el tercio, sin inmutarse. Protestaba cuando se le obligaba, pero el diestro lorquino le consintió y lo llevó a media altura. Cogió la franela con la zurda para citar con toda la verdad por delante, y ahí fue donde más a gusto se sintió Ureña. Falló con la espada y todo quedó en silencio. Empujó en el caballo el que estaba reseñado en cuarto lugar, al que recibió Ureña combinando verónicas abriendo el compás y a pies juntos. Lo vio claro Ureña desde el primer momento, el toro tenía un extraordinario pitón derecho, por el que pudo dar unos muletazos muy ligados. Con el mentón y la cintura encajados, sintiéndose mucho. Cogió la muleta con la izquierda, para perder en ligazón pero ganar en profundidad. Hubo un par de naturales de gran belleza, y los pases de pecho fueron de manual. Enloquecía la plaza de toros de Valencia con el murciano. Estoconazo al segundo encuentro, y un mar de pañuelos blancos inundó los tendidos. Finalmente oreja de mucho peso, y que supo a poco. Gran dimensión de Ureña. Dicen que el que lo da todo, no está obligado a más. Y eso es lo que hizo Ureña con el último cartucho del día de su reaparición. Lo puso todo él, ante un toro sin clase y cogido con pinzas. Se entregó en cuerpo y alma. Le sacó lo poco que llevaba el último de Juan Pedro, y cuando no le quedaba nada, se metió entre sus pitones y se arrimó como un león. Quizás fueron las prisas. Quizás la mala suerte de pinchar esos toros que tienes que matar a la primera. El caso fue que la espada le cerró la oportunidad de salir a hombros el día más importante de su vida. Pero el público de Valencia le reconoció su gesta con una sonora ovación. Volvió Ureña. Y volvió al sitio del que nunca se fue.

Plaza de toros de Valencia. Toros de Juan Pedro Domecq.
– Enrique Ponce: silencio, oreja y ovación.
– Paco Ureña: silencio tras aviso, oreja y ovación